jueves, 24 de noviembre de 2016

Salmo del orgasmo





El orgasmo aplasta la frialdad, y disminuye la molicie. 

Se arriba a la luna sin soltar la gravedad de la tierra. Se recorre un ascenso de pocos segundos, hasta las almohadas o cometas atados.

Un par de latidos detonan, estallan, un par de palpitaciones se inflaman, sin promover al mártir y al dolor.

Nada está previsto en este acto, y aun así el regocijo es repentino.

Se suelta al flujo a su carrera, las arterias ya no mecanizan.

Es así como el orgasmo, eco que impacta y no mata, al cuerpo, a la carne hecha pública, aparece como multiplicación de la ecuación orgiástica.

Noche tras noche, cama tras cama, y solo cuando el sudor deja rastro, se escribe esta crónica de los placeres.

Es un sencillo atrio, con una anchura espléndida y transitoria. Deja responsables que no responden por la fatiga causada. 

Es una agonía, no por desmandar resuellos, no porque a los músculos, desnudamente contraídos, retarde la reacción, sino que hace dudar la rutina.

No es necesario que caiga el crepúsculo, ni que se obligue el declive, solo que las caderas se incorporen, se arrimen a una sola.


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