viernes, 2 de abril de 2010

Marchábase a dormir



En un octubre del Sur

En verdad fue a dormir,
a recogerse entre las rocas que interrumpen al mar.
Soportaba aquel vestido empapado por lágrimas,
a fuerza de su copa arrancada.

Fosforecía la caléndula
cuando en la madrugada, la depresión,
condujo sus pies hacia la movilidad de las olas.

Pasos reformando la arena;
mirada, como aguja girando hacia la última vibración;
brazos con la voluntad de naufragar.
Andaba ella, deshabitada: sirena sin cuerpo de pez.

El malecón desplegaba su espacio para un recorrido nocturno:
túmulos en la pleamar ante aquellos ojos,
como la respuesta adecuada.

De ahí que la Mar del Plata,
pudo con su volumen,
pescar a una amante para la muerte.

Voz definitiva



Con motivo a su soneto: Voy a Dormir

Érase una voz definitiva,
acentuada con moderación y casi involuntaria.
Indicaba condición y período para su descanso,
entendiéndose, casi soñolienta, con la nodriza quien le hacía compañía:
Un recinto para envolverse y humedad;
luminosidad, como para leer sobre roca escrita;
y además el instante, para escuchar la noticia del primer verde
mientras remonta un ritmo de olvido por el cielo movible.

Y finalmente, como último encargo:
la evasiva para no oírle, para así dormirse en el desconocimiento.

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Escudo de Lucevelio

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