Desanimadas las luces,
la sombra, asume la toga
para acomodar el anonimato de una textura
que se ha negado a envolverse con los hilos ajustados.
El abrazo que alarga la sala, no produce la calidez
irresistible
para liquidar el peso del sereno, y queda
paralizada
a causa de una fragilidad que no logra barajar.
Venus (perfilada y ministerial), no duda en
imponer su martillo flexible:
elabora una empresa para el teatro de posturas
de manjares. Irrumpe, totalmente, con la jícara de
leche derramada.
Adelanta el nocturno para que regresen las lunas a
su estado liberal.
Y unos pasteles, sostenidos por célebres cimientos,
de dulce melocotón
dividido, ensancha, para que su curvatura sea
propicia en el festival
que concede la sombra.
Venus, antes de partir, sólo permite que un trozo
de tela
duerma en el antebrazo.
La estrella del cuadro, recibe complaciente.