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Miss Fernande |
¿Qué
empuja a la mensajera promulgar sus caderas con desprendimiento?
Calienta
la pradera prodigiosa:
Disuelve
el pecado desde París con un verdor solemne que desorbita.
Orgullosa
con sinfonía sólida, entre elasticidades y ondulaciones, propalada
con qué naturaleza.
Mármol
llevado y que enclaustra, mármol desprendido de madre subterránea
que permanecerá hasta que la muerte muerda.
El
espejo, como entidad que duplica, toma las densidades del
envoltorio de los luciferes,
para refractarlas
el tiempo que sea
necesario.
¿Qué
tanto doblaría la castidad con esta hegemonía?
Los
rumores de una entrega obstinada del pétalo, del grano cosechado, se
ha solidificado como hierro al agua.
Desde
el cuello, desatando líneas, hasta los
retazos
que gravitan, retazos infantiles y aletargados, se van sumando
licencias que la poltrona compensa en noche incontinente.
Fernande,
luz de carne, bocado que no se detiene, menoscabas el vacío
precedente, que nadie quiso derrotar porque
requería
oposición de las leyes.
De
ese modo echado el cuerpo, como oleaje, como hilo en espera para
zurcir la tela, y suave con tanta comarca
deliberada,
chocaría con tratos deshausiados.