
I
A ti mujer, que te llamas Eva,
o Chalchiuhtlicue, o Mama Quilla,
o Manuelita,
o Abril, o Trista,
o como sea tu rostro.
Mi palabra efusiva
te necesita para celebrar tu ofrenda de pan.
Eres conveniente y requerida
para mí y para todos,
porque abres el camino para disponer en este mundo
la alegría y el dolor.
Traes contigo la vasija con agua,
no para cargar, sino para dispensar
y entregar a quién lo requiera.
II
Te he leído como quien ha hurtado la manzana
o llorado junto al espino sangriento.
¡De relatos reales o concebidos
te asignaron para que anduvieras aguda!
Por un pincel te sembraron una sonrisa
que aún tiene nombre lejano,
o por amar al infierno ─según testigos─ te quemaron
hasta apagar tus gritos.
Luego asaltado el tiempo y los límites,
en la América domada,
amasaste la harina o batías en el pilón
el canto del África, mujer esclava,
y tu seno era para el niño blanco
y para tu hijo esclavo;
y tú mujer blanca,
con el oro encima y los versos
para el alma, también callabas,
a la par con la cosa de la hacienda.
Y entre vibraciones de cadenas,
te llegaba el tiempo de las decisiones:
el olvido en la rueca o la presencia en batalla.
III
De este modo te amo, no por decirlo,
ni mucho menos para hacerme escuchar,
pero es así que me debo y decido correr
contra la corriente o en su dirección.
Quiero poner mi mano en tu pecho,
pues ─como labriego─ requiero del tacto
para sentir y pulsar la tierra,
no por asedio, sino por condición.
De los momentos
en la que creaste mi llanto
en mi necesidad de amante,
sabes muy bien ─y sonríes─;
pero no debo olvidar
del recinto que dispusiste
para unificar mi volumen,
y luego la hostia que tu pecho destilaba
para mi hambre naciente.
Por todo sufrimiento y satisfacción
que has ordenado con tus manos:
te amo mujer.
IV
A ti, empanadera, laboriosa del maíz,
te ciño mis palabras.
A ti, promiscua, amante de ellos,
te ciño mis palabras.
A ti, esposa, substancia del hogar,
te ciño mis palabras.
A ti, capitana, soldado agregada en nuestra historia,
te ciño mis palabras.
A ti, sufrida, alma olvidada,
te ciño mis palabras.
A ti, risueña, dientes de luna,
te ciño mis palabras.
En fin, esencia única y reunida
como en un bosque,
simple y pura
en una sola palabra: Mujer.
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